viernes, 14 de marzo de 2008

LA DESPOLITIZACIÓN DEL RADICALISMO

El fenómeno de la despolitización, entendido este como la resistencia y rechazo al debate político, y con especial énfasis en los temas que involucren la institucionalidad de los Partidos Políticos (PP.PP.), no ha sido ajeno al radicalismo ni a la temple de su militancia.

Con inquietud atestiguo los movimientos sociales que dicen plantear nuevas ideas y ser ajenos a la realidad política contingente, así como a las estructuras que forman parte de ella. Ya no es sorpresa ver por los diferentes medios de comunicación, y en un ambiente socialmente aceptado, a aquellos que manifiestan que la intención del voto – el instrumento de opinión política más importante del Estado Republicano y Democrático – que emitirán en las próximas elecciones, dependerá mucho más de la persona del candidato – su carisma, imagen, etc. – que del PP.PP. que los apoye. Se le da, hoy en día, un valor agregado a aquellos que señalan no ser parte de la política formal, y aun más a aquellos que expresan públicamente su repudio.

Ya presenciábamos los fuertes síntomas de la despolitización cuando Joaquín Lavín, hace 8 años atrás como candidato a Presidente de la República, señalaba que él no era un político y que solo le interesaba resolver los problemas reales de gente. Y así, con ese simple discurso, sin mayor profundidad ni mayor diagnóstico sobre los “problemas reales de la gente”, Joaquín Lavín construyó toda su campaña y ha sido el candidato de derecha que ha estado más cerca de recuperar el sillón presidencial en más de 50 años para su sector.

La despolitización de la política ha sido la herramienta más utilizada en el último tiempo para atraer votos en las urnas. Se enarbola e inmiscuye en el discurso político, se privilegian las ideas fuerza por sobre las ideas sustanciales, nos quedamos en los eslóganes y se omiten los proyectos en profundidad, y finalmente se evade el debate y la confrontación programática, con el objeto de no herir ninguna susceptibilidad. Todo lo que implique conflicto o tensión se elude, pues de alguna manera, el debate podría volverse político y se develarían los intereses que cada sector defiende, y aquello podría no ser ventajoso para las expectativas electorales en nuestra democracia. Todos los sectores, hoy más que ayer, usan estos métodos y envuelven la política nacional en la más detestable de las ignorancias.

Por lo demás se trabaja en base a que el electorado es incapaz de aprehender la magnitud de las propuestas, y por ende, y con el afán de no parecer latoso – ya que resulta más atractivo para el electorado tener un candidato dinámico – no se “pierde” tiempo en explicar lo proyectado y simplemente se avanza. La Política se hunde en la imagen. En las últimas elecciones parlamentarias, prácticamente ningún candidato utilizó la imagen corporativa de su o los PP.PP. que lo apoyaban. Los afiches publicitarios se reducían a mostrar al candidato, ya sea con un fondo blanco, virginal y/o puro, o con cielos azulados, representando de alguna manera una imagen impoluta y casi mesiánica de la persona del candidato, junto con su identificación en el voto y una idea fuerza, que no necesariamente alude a una propuesta de política pública.

Este fenómeno va de la mano con los bajos índices de apreciación de los PP.PP. en la ciudadanía que los muestra incapaces de generar y promocionar cambios reales a las condiciones de vida de las personas, más allá de si aquella estimación subjetiva es real o no.

Este fenómeno no se puede separar, a su vez, de la particular estructura normativa que regla la política en Chile, así como el sistema democrático que indica la integración en los distintos cargos de poder. En Chile el sistema binominal obliga, necesariamente, a buscar constantes acuerdos en políticas públicas, con los diferentes sectores que participan en la generación legislativa. Ello acarrea la no confrontación, la unificación de los discursos políticos y, quizás la más perversa de las consecuencias, el celo absurdo, la superficialidad de las críticas y las vistas gordas en la función administrativa, en virtud del adagio, hoy por ti, mañana por mí. Sin ideas que se confronten, sin discursos que choquen, sin debate político en aras de permanecer en la ansiada estabilidad, implica necesariamente que Chile es aun un país inmaduro, políticamente hablando. No puede ser que cada confrontación, implique ineludiblemente polarización, y por ende, un llamado a la inestabilidad institucional y al estallido popular. Son miedos infundados de un país que ha resuelto sus mayores problemas arrastrando a los militares a las calles y reprimiendo duramente a quienes piensan distinto. Ocurrió a principios del siglo XX, en la década de los 20’, en la década de los 30’, en la década de los 40’ con nuestro correligionario Gabriel González Videla, en la década de los 70’ y 80’ y no deja de ser una conducta reiterada de los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia ya comenzando el siglo XXI, la represión policial hacia las exigencias sociales. Y en virtud de todo lo expuesto, la clase política guarda silencio ante las demandas ciudadanas, aun a costa de su propia legitimación doctrinaria. Así se construye este país y así dejamos que se gobierne.

Vivimos en un país que entrega un sinnúmero de obstáculos para participar activamente en la política desde un punto de vista estructural, y aquello ha ocurrido en parte, por la propia complicidad de los radicales y los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia.

Solo hasta hace apenas un año, las personas podían obligarse pecuniariamente a sí mismos y hacerse cargo de sus propios negocios con la debida autorización de sus padres a la edad de 14 años, así mismo podían resultar responsables penalmente de los delitos que cometían a los 16 años, si se les probaba discernimiento, pero no se podía, ni siquiera, participar en una Junta de Vecinos y mucho menos votar o pertenecer a un PP.PP. sino a la edad de 18 años. Hace algunos meses se dictó una ley que permite que personas de 14 años puedan participar de una Junta de Vecinos, pero el resto de las prohibiciones se mantienen, y en otros aspectos las diferencias se incrementan con la nueva ley de responsabilidad penal adolescente, que rebaja la edad mínima a 14 años y elimina la exigencia del discernimiento. Esta ley fue promocionada y apoyada por toda la bancada de diputados del radicalismo, sin exigir a cambio métodos educacionales que apunten a provocar siquiera la rehabilitación de los individuos. Todo esto provoca un retardo premeditado de la participación de la ciudadanía en los procesos sociales y políticos del país.

Asimismo, con las últimas reformas educacionales se excluyó la enseñanza de los ramos de Educación Cívica en los colegios secundarios, provocando aun más, incentivos que aceleren la despolitización de la política.

A su vez tenemos un sistema binominal que obliga a un constante acuerdo con la oposición, apagando todo debate, y a su vez el sistema impide que los chilenos en el extranjero puedan votar. Todo esto, insisto, provoca desmovilización y baja en la participación política.

Y aun más, para hacer efectiva la ciudadanía reconocida a todos los habitantes de la república, se debe primero estar inscritos en registros electorales, y luego, como premio a los interesados en los asuntos públicos de la nación, y a modo de carga pública, se le obliga a todos a concurrir con el voto los días de elecciones, provocando así un mayor desincentivo por los procesos políticos. El hecho notorio que reafirma lo anterior es que exiten al menos 4 millones de chilenos, que estando en edad para votar, no lo hacen por no estar inscritos. Y de los casi 8 millones de chilenos que votaron en las últimas elecciones municipales, cerca de un millón voto nulo, blanco o simplemente se restó del proceso.

Para ser muchos más gráficos de los procesos de despolitización, solo basta recordar las últimas elecciones. La actual Presidenta, Michelle Bachelet, llegó a obtener su candidatura producto de los buenos resultados en las encuestas, más que por la evaluación exhaustiva por parte de los PP.PP. de la persona para el cargo y la responsabilidad que aquello conllevaba. Sin programa – el cual solo fue presentado un mes antes de las elecciones – y solo con su imagen y con la vaga idea de un gobierno ciudadano, se presentó y ganó. Los resultados sobre su liderazgo han sido, por lo menos, controvertidos, y es muestra clara de una despolitización a todo nivel.

Y frente a todo este fenómeno, que se vuelve una avalancha, el radicalismo no ha estado ausente y ha dado muestras de despolitización que impresionarían a cualquiera. Hace algunos meses se llevaron a cabo las elecciones internas del PRSD, y a pesar de todo el debate interno, ninguna candidatura propuso una agenda programática o un proyecto institucional que diera luces sobre la conducción del radicalismo en los próximos 3 años. El debate se centró en la cercanía que se tenía con los candidatos y sobre la imagen que proyectaban interna y externamente. Eso fue, así se compitió y algunos ganaron y otros perdieron. Lo superficial del debate y la escases de ideas en el último proceso eleccionario interno hay que verlo con distancia e inquietud. La institucionalidad está dando muestras de falta de prolijidad en sus deberes fundamentales y poca seriedad en la conducción de todo lo que representa el radicalismo. Este hecho no debe ser nuevo seguramente, pero hay que comenzar a ponerle límites.

Por otro lado ha comenzado el proceso de búsqueda de candidatos para las próximas elecciones municipales 2008 y con ello, algunas cuantas sorpresas. Se ha instaurado la percepción de que los candidatos que van a tener mayor opción para llevarse la candidatura, sobre todo en las comunas más populosas y representativas de todo el país, serán precisamente las personas que tengan a su favor un reconocimiento más próximo con la ciudadanía y no necesariamente el que represente mejor al radicalismo. Por tanto, las personalidades mediáticas son las que tienen una primera preferencia para optar a los cargos de elección popular, por sobre la opinión de las asambleas o el trabajo de sus militantes para con el Partido. Se está buscando votos y no candidatos radicales, cuestión compleja de analizar en una proyección futura. Al corto plazo podríamos estar fichando a los próximos candidatos en las escuelas de teatro, que estar preocupados de formar políticamente a la militancia para asumir nuevos desafíos, y en efecto, económicamente aquello puede resultar mucho más barato para un Partido que aun cuenta las monedas del bolsillo. El riesgo de esta aventura es precisamente el costo ideológico: La deslegitimación doctrinaria y el tocar al unísono, con los demás sectores, una melodía que incomoda a muchos y que no genera cambios sustantivos en las necesidades sociales que hoy en día se muestran como más urgentes, como por ejemplo, la distribución del ingreso, asimismo se corre el riesgo de que no exista coincidencia entre el ideario radical y las verdaderas convicciones de estos personajes mediáticos, situación terrible, pero muy probable de proyectar.

La NO formación política, así como la incapacidad de generar una política comunicacional ordenada y efectiva hacia la comunidad, es reflejo de que las cuestiones doctrinarias han pasado a un segundo plano, y ha sido el pragmatismo y la conveniencia lo que ha ganado terreno. Podemos ver, con impresiones de lujo, como el documento del PRSD, que nuestra dirigencia encargó al CISO, señala que el pragmatismo es un valor y un principio del radicalismo, en un abierto reconocimiento de que, hoy en día más vale obrar de acuerdo a las conveniencias políticas del momento, que por sobre lo que dicta la convicción y el ideario radical. No podría estar más en desacuerdo.

Pero el tiempo apremia y ya viene una nueva elección municipal, y la campaña municipal, también alcanzada por la despolitización, está sostenida en un eslogan que atiende a un trasnochado y superficial sentido patrio – chilenos de corazón –, en donde el afiche principal hay 7 personas con la camiseta de la selección chilena en contraste con apenas las 6 mujeres que aparecen y que representan tan solo el 20% de las personas que se encuentran en la imagen promocional. La campaña municipal No muestra el logo del radicalismo o es desplazado por otro cuya inventiva ni siquiera fue producto de la generación colectiva. Ante esto, una advertencia: No abandonemos los pocos simbolismos que nos quedan ni tampoco los ocultemos por vergüenza. Como antaño, resulta mucho más provechoso decir algo que signifique mucho más que una bonita frase, como lo fue “pan, techo y abrigo” o “gobernar es educar” o “gobernar es invertir” o “gobernar es industrializar” o más recientemente utilizado “crecer con igualdad”, que después de todo reflejan políticas públicas y diagnósticos sociales. Si somos incapaces de transmitir una idea fuerza que refleje el espíritu del radicalismo para con Chile, entonces no merecemos alcanzar el 7% anhelado. Y si lo obtenemos, así como estamos, con los paupérrimos índices educacionales de nuestro pueblo, quizás quedará la idea que Chile no merece más que las autoridades que elige. Y como radicales deberíamos aspirar a muchos más.

De muestra, el último botón, para entregar una mayor profundidad de la temática y comprender lo cerca que nos ha tocado el fenómeno de la despolitización: Hace algunos días, un correligionario de la XII región le pedía a un grupo de jóvenes que dejáramos los discursos sobre la izquierda y la derecha en el cajón de los recuerdos. Así, tal cual y sin anestesia. El fundamento basal era la demanda ciudadana, que nos exigía olvidarnos de debates de antaño y que nos preocupáramos de los “problemas reales de la gente”. De nuevo, así, tal cual y sin anestesia. Era el mismo correligionario que se declaraba socialdemócrata – sin apellidos como decía –, haciendo hincapié en las siglas “SD” del “PRSD” y refregando a quien se le opusiera la declaración de principios para quienes se sentían incómodos con esa defensa, olvidando o queriendo olvidar precisamente, aun después de haberle hecho las indicaciones pertinentes, que apoyaba a la misma Socialdemocracia de Chile que había entregado, en una declaración conjunta con otros personeros de otros sectores, el total apoyo al régimen de Augusto Pinochet y llamaba a votar que Sí en el plebiscito de 1988, en un periodo muy oscuro de nuestra época, y que muchos radicales de tomo y lomo, se opusieron tenazmente en su momento. En mi concepto, la fusión del radicalismo chileno con la socialdemocracia en el año 1994 le ha costado a muchos radicales el tener que morderse la lengua una y otra vez, sobre todo en relación a políticas públicas que se han propuesto y llevado a cabo por la Concertación de Partidos por la Democracia en los últimos 14 años. Pero lo que fue utilizado para seguir existiendo en un contexto histórico determinado no puede significar nunca el olvidar o dejar en el cajón de los recuerdos el dónde vinimos y el hacia dónde deberíamos ir. No puede significar el asesinato de radicalismo como lo hemos conocido y que hizo grande a este país en su momento. Y me opongo a ello, aunque signifique mi militancia, porque de pragmáticos los radicales deberían de tener muy poco.

Las distinciones entre la derecha y la izquierda siguen hoy muy vigentes como para olvidarlas o dejarlas de lado como nos pide nuestro correligionario. En nuestro país el 70% de la riqueza la concentra tan solo el 7% de la población, y sus intereses son defendidos por un sector muy definido y que mantiene atado de manos la estructura democrática y política del país: La Derecha. A veces, nuestros amigos concertacionistas y quizás más de algún correligionario, mientras más cerca están de ese privilegiado 7%, parece que se les olvidan los intereses del 93% restante. Y esos antecedentes hay que tenerlos claros y no olvidarlos nunca. Aquello no implica propugnar discursos que ya se escuchan polvorientos, pero si tenerlos claros y reflexionados.

El gran riesgo de no entender y olvidar la distinción entre derecha e izquierda, es olvidarnos que los grandes capitales y los poderes económicos tienen intereses creados en la política. Es un riesgo que el radicalismo no se puede dar. Es un riesgo que el pueblo chileno no puede correr.

La despolitización no nos puede dejar mudos. Nos esta significando quedar inválidos frente a la ciudadanía. El temor al enfrentamiento ideológico y doctrinario nos ha arrastrado a administrar un sistema que no nos gusta, y deberemos asumir, tarde o temprano, las equivocaciones premeditadas que estamos cometiendo.

No sonriamos cuando se nos entregue un cargo o puesto más, pues aquello solo importa a los lacayos del poder. Estemos contentos cuando sean nuestras obras las que erijan el futuro de Chile y cuando sea nuestro ideario el que guíe nuestro actuar.

No tengamos miedo de hablar de política, de promover cuestionen que implique generar cambios estructurales en nuestro país, aun cuando aquello provoque conflicto con nuestros socios o con la oposición. Opinemos y debatamos, aun cuando se nos amenace con nuevas dictaduras o mayor represión, que con cobardes no se hace historia ni se arregla el mundo. Basta de callar, que solo promovemos la desmovilización y el aplacamiento de los procesos sociales. Tenemos que saber distinguir cuando la masa popular es capaz de generar crítica y cuando no, preocuparnos de que se eduque y genere debate, no por nuestros simbolismos, no por Pedro Aguirre Cerda, que a pesar de todo estaba en lo correcto, sino que por ellos mismos, por nosotros y por que es la única manera de generar movilidad social y económica en este país.

Llora en este momento la Convención Ideológica y la primera campaña de difusión nacional del radicalismo, hecho que no se hace desde la década de los 60’.

Producto de la despolitización, en este momento no hay peor difamación para un joven que decir que milita en un PP.PP., y aquello provoca que entren 2 tipos de personas: 1º. Las que se sienten cómodas con todos los epítetos que les cuelga la ciudadanía y que con pragmatismo logran escalar posiciones de poder y conseguir puestos de trabajo. 2º. Y las que se sienten realmente comprometidas, y que no abandonan sus principios por nada del mundo. A estas últimas les va muy mal, se pelean con toda la dirigencia, pero es precisamente el oro y la plata que tiene este Partido. La reserva moral hubieran dicho algunos. Pero los hay y habría que escucharlos.

Un amigo, quizás no muy lejos de la realidad, me señalaba que el proceso de despolitización es parte de uno mucho más general y que lo trae la postmodernidad, en donde la sociedad del consumo desplaza las demás consideraciones y nos sume en relaciones interpersonales regidas por apariencias. Otro me recuerda al viejo Aristóteles, y cuya época en donde lo bueno, era además verdadero y bello, y en una sociedad occidentalizada como la nuestra, quizás la imagen importa más que el contenido. Tal vez muchos crean que aquello que es bello (imagen), es además bueno y verdadero (contenido) sin necesitar más pruebas que las intuiciones mundanas.

En definitiva, frente a una política de imagen y de mercado, es necesario que el Partido marque las diferencias. Es necesario que el radicalismo salga a explicar lo no explicado. Diga las cosas que se callan, para transformarse en la voz de los sin voz. Siguiendo las directrices entregadas por los demás PP.PP. no seremos nunca mejor que ellos. “El que habla distinto, gobierna” sentenciaron los más grandes estrategas y ya es hora de que este Partido se levante y alce la voz, entre tantos mudos y caras bonitas. La hoja de ruta parece clara entonces: realizar la Convención Ideológica, promover el debate, la formación, realizar la campaña de difusión nacional del radicalismo y salir con la cabeza en alto a construir políticas públicas, con la certeza de que si vamos primeros, llegaremos primeros. Sin olvidar ni dejar nada en el baúl de los recuerdos, que el radicalismo se construye con valentía, para proyectar un Chile más fraterno, libre e igualitario.

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